prueba
jueves, 28 de septiembre de 2017
miércoles, 27 de septiembre de 2017
Si me fuera
“¿Qué harías si me fuera?”, preguntó abuelo a mis
quince, anochecía. Yo ahí con el pelo largo, los aretes, la música estridente,
dije “nada”. Me miró sin reproche, con los años encima, su amor mientras riendo
bajito “y quién va a prepararte la comida hijo, quién te va a acompañar”.
Si me fuera
Juma Paredes
Setiembre, 2017
www.facebook.com/inmaduronarrador
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sábado, 23 de septiembre de 2017
Piel de durazno
Aburrido, Febo no oculta su
bostezo ante la mirada soñolienta de Gerard, que bebe un poco de su capitán,
que fuma un puro, que aspira, que exhala mirando nada. Pero es un bostezo
ansioso, uno que no quiere ser y se transforma en ansiedad mientras cambia el
whisky por rusos blancos que seca, que acaba, que acelera por una garganta
acostumbrada a ser oída en el Tayta esa noche en Miraflores, como cada noche de
sus fines de semana y ahora concentrado arma un porro, le vendieron por ahí, en
el baño de ahí. Forma-crea una figura áspera, un nexo que lleva a la boca
borrando de pronto al cantante de turno y esucha su nombre, lo invitan a subir
con frases cortadas, soniditos.
Febo es músico, lo decidió
el día en que renunció a estudiar o trabajar. Siente ahora que todos quieren
oírlo, se restriega los ojos ante su guitarra, obligándola a exclamar
los primeros acordes sin el menor deseo de cantar más canciones de amor que no
le dicen nada. Despacio saca la nariz del morral, una de chancho que acomoda
delante de su vista, incomodándola. Jala la liga, suelta la liga, sí, ahí,
bien. El calor aumenta y la sonrisa lo despierta a pesar… ¡sí!, a pesar de
haberla perdido, es eso, es esa idea la que lo envuelve de improviso y
coqueteaba con él desde la tarde, mientras retozaba desnudo tomando luna en su
habitación y Gerard penetró de improviso, agresivo, lapidante. Presiona los
ojos para olvidar el momento de blancura mortecina… el talco, su cuerpo, su
desnudez expuesta ante el amigo entrañable.
Sujeta la guitarra
acercando el micrófono a sus palabras, ya la audiencia percibe: «Una tarde de
verano fui con ella a conocer una laguna, oink-oink.» Gerard frunce la papada. «El
bote era tan chico que… que ambos no podíamos ir juntos hasta el islote.» Febo
se acomoda el sombrero de copa, está ahora tan nervioso. «Entonces yo… ella fue
remando y desde allá me llamó.» Piensa, no sabe si continuar. Continúa. «Y yo
me empecé a reír». Gerard sonríe «Y saludé y ella volvió para ir juntos, pero
no podíamos», contrae la papada. «, porque era muy pequeña ji ji ji». Acaricia
su copa, bebe un sorbo. «Y bueno, subí solo y remé hasta la mitad del lago, y
quería seguir remando, pero junto a ella, así que empecé a remar hacia ella, el
bote era muy pequeño.». Gerard sonríe, resopla. «Entonces me animé… y volví por
ella… creo, no recuerdo bien, ji ji ji.» Alza la copa. «Bueno… brindo con
ustedes, brindo por Celeste… haberla visto será mi alma y esperaré algún día
darle mi vida a cambio de una mirada o una caricia de sus pestañas, oink-oink.»
Su tierna y dulce Celeste. Sonríe con cierto aire idiota soltando notas
musicales y el cantante se empieza a sentir peor. Acomoda su sombrero de copa. Intenta cantar,
no recuerda la letra.
Pensativo, Gerard busca en
la sima del vaso algún resquicio del espíritu jovial que tuvo horas antes de
entrar con su amigo al bar, minutos antes de subir las escaleras, segundos
antes de tremendo brindis. Desanimado, aplaude a su amigo. Quiere salir y
respirar un poco de lluvia, de esa que pica el rostro entre el invierno limeño,
en Miraflores. Resopla. «¿Quién mierda será Celeste?», se pregunta antes de
beber el último sorbo del capitán, que saborea contra el paladar cuya lengua de
pronto evita el progreso de su memoria. «¿Aguanta… no es esa niña que…?» Tose
algo crispado, atorado entre su saliva y aquel brindis inverosímil. Levanta el
vaso otrora lleno siendo el único en apoyar al músico. «¡Salud Febo! ¡Salud
infeliz!» Siente un terrible ardor estomacal combinado de vergüenza ajena. Toma
el líquido hasta la última gota. Arroja el vaso, estrellándolo contra el suelo.
Algo mareado, se limpia los labios con la mano. El brindis más ridículo que ha
escuchado.
Rasga la guitarra y se ve a
sí mismo desde lo alto. Observa su cara con una rosa en la boca. Su público se
mantiene boquiabierto. Vuelve la cabeza hacia atrás, bajándola exageradamente
hasta sentir la sangre interior revoloteando entre su frente. Se acomoda el
sombrero de copa. Una flor, una flor en los labios. Se siente estirado, cual
pedazo de cuerpo en un ambiente ajeno, perdido pero feliz con un pedazo de risa
dulce imposible de arrancar. Perdido y feliz.
La noche refresca a la
pareja que camina por la avenida Larco rumbo al estacionamiento. Febo sonríe
tarareando estribillos de sus canciones más antiguas. Abre los brazos y eleva
la voz en la soledad de la noche, ignorando a Gerard que acelera el paso con
las manos en los bolsillos, la mirada perdida entre la garúa y la sombra de su
silencio que la vereda no logra ocultar, bajo los faroles callejeros: «A que no
sabes quién es Celeste… ji ji ji». Gerard cierra los ojos resignado depositando
la mano sobre el hombro del amigo con cierto aire paternal. Menea la cabeza en
gesto reprobatorio. «Pero si salir con ella se siente rico sabes, bien suave…
como mi piel de durazno ¿ves? Toca. Ven toca.» Gerard aprieta los labios,
contrayendo la papada preocupado. Introduce el dedo meñique en un orificio
nasal. El gesto adusto. Resopla. «Toca pues, toca mi jean...»
Abordan la camioneta en
silencio. Febo todavía tiene las sobras del último porro del bar entre sus
dedos, lo destruye. De improviso patea la llanta del vehículo con una
vehemencia inusitada: «¡Cuidado con la ventana! Cuidado con la… ventana» La
ventana… ya lo ha oído decir en otra ocasión «, el parabrisas está… como roto,
como… usado.» Cierta obsesión con las ventanas rotas del carro, además de
moscas revoloteando que Febo acostumbra comparar (durante esporádicas
alucinaciones de hierba) con normales picaduras de abeja en cualquier autobús
público al anochecer. Especie de ataques poliformes que terminan por
deprimirlo. Picaduras que obsesionan los fines de semana de su maltratada
imaginación.
-
No jodas, ¿Cuál la ventana?
-
¡La ventana! ¡Hay perros!
-
Espérame que voy a comprar cigarros, no demoro.
Fumar te está dañando Febo querido, ya para.
-
No es sencillo ¿Crees que es sencillo?
-
Siéntate aquí y no hagas cojudeces que las
personas nos están mirando feo.
Gerard compra una cajetilla
de cigarros antes de volver. Diez soles gastó, sí. Hace tanto frío, quiere que
sea verano otra vez para ir a la playa con sus amigos. Sus pies desnudos se
acercan a la orilla, la espuma es clara, las uñas de sus pies largas y sucias.
Avanza quitándose la guayabera, descubriendo el pezón. Corre. Siente, quiere
sentir el salado refrescante que sube por su «¡Cuidado con los perros!... que
muerden cuidado saca, ¡los perros, sácalos!» Febo salta sobre un auto
sorprendido ante sus propios alaridos en busca de auxilio. Desenvaina su espada
y los aniquila uno a uno. «¡Cuidado!» Agita las manos para un lado, orina para
el otro, los perros. Baja y avanza un par de pasos dejándose caer sobre la
tierra de la playa de estacionamiento, boca arriba con la bragueta abierta,
meado. Mueve brazos y piernas sobre el barro, formando un ángel. Una pareja
murmura incrédula, se aleja. Se quita el pantalón, todavía siente su suave
textura, aún le brinda seguridad. Acaricia los contornos de sus muslos, se lo
quita. Lo restriega contra su rostro mientras defeca ahora agachado, en
cuclillas, ahora no; los ojos entrecerrados, sintiendo que cae a un abismo sin
fondo. Ella y él, Celeste y él sin poder encontrarla.
Mece su ser repetidamente
cruzando las piernas, juntas mientras la recuerda, recuerda a la niña que lo
hizo sentir inmortal, la que firmó su guitarra en tinta rosa transformando su
ser en una flor. Quince años Febo, tenía quince años y no te da vergüenza ni la
has olvidado, incluso hoy te encuentras inmerso en el país de sus mentiras.
Ahora cómo olvidarla, necesitas olvidarla con alguien que borre de tu mente ese
cuerpecillo terso patinando una tarde soleada. Inclina el cuerpo hacia delante,
inclina el cuerpo hacia atrás, eleva las manos abiertas sujetando la nuca con
fuerza. Una gota de sudor asoma a un lado de la frente. Sentado mece la cabeza
repetidamente, contrae las piernas: «No puede ser, la tengo que encontrar la
tengo que encontrar». Las abraza jadeante. Cada aliento asemeja un gemido que
tranquiliza en cierto modo sus latidos, moderando su respiración, condicionando
el pensamiento ante las ideas inconclusas. Señala al último perro apretando las
piernas con todas sus fuerzas. Veloz se arrastra hasta un silo próximo
devolviendo lo ingerido durante la noche, dejando escapar los tragos taciturnos
de sus más íntimos deseos, tan sólo un par de metros antes de alcanzarlos.
Ahora sólo ve sus manos apoyadas en el suelo dejándose vencer por el peso de su
cuerpo cuyo rostro se sumerge en una especie de coma etílico que detesta. Pide
ayuda sin poder hablar a causa del vómito que entra por sus fosas nasales.
Gerard se acerca entre las aguas turbias de su imaginación, arrastra su cuerpo
hasta la camioneta. Se mueve hacia delante, se mueve hacia atrás ahogado. Parten.
Piel de durazno
Juma Paredes
Setiembre, 2017www.facebook.com/inmaduronarrador
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Diseño: Victor Trujillano |
lunes, 18 de septiembre de 2017
Celeste
“No es solo tu patinar, es también tu mente lo que me tiene
en este lío.”
(Anónimo, 1998)
Un par de patines nuevos la
esperan en casa. Baja corriendo de la movilidad que diariamente la regresa a
las cuatro, arroja la mochila sobre la cama y abre el papel de regalo: «¡Patines
nuevos Celestita!». Gracias mamá, sí,
gracias papá, claro hijita todo para ti, sí, besos, sí, abrazo, claro. Vas a estudiar, sí. Vas a aprender, sí papá,
sí mamá.
Piensa ver a sus amigas al
día siguiente, patinar con ellas en la kermesse del colegio Sophianum. Emocionada
ya no puede esperar. Mueve los pies una y otra vez, y otra vez, viendo volar
sus zapatos. Sube el volumen de la radio. Se quita las medias, la falda verde
de cuadros. Deja la camisa sobre el televisor mientras se prueba varios
pantaloncillos cortos antes de escoger el más ajustado, con corazones rosa.
Sentada en el borde de la cama con las manos sobre las rodillas desnudas juega con
sus labios mordiéndose la lengua, masticando chicle, y esa manía de meter el
dedo en una comisura, empujar, morder el pellejito dentro de ese rostro
salpicado de pecas.
La tapizada habitación blanco
invierno distrae su atención, imaginando que rasga el empapelado y lo tira a la
basura, no sin antes acomodarse los tirantes, quiere arrancarlo y luego hacer muchas
estrellas de colores aquí y allá mientras salta sobre la cama con las medias multicolor
que sacó del cajón en una mano. Aquí y allá cantando-brincando. Sujeta los
bordes de una de ellas e introduce su pie distraída, presionando contra su
pantorrilla en el vaivén que sube despacio hasta el muslo. La amé y me destrozó, la amé porque la amé, bella como era. Demasiado
alegre como para advertir mi presencia, reclamaba mi atención por puro
capricho, egoísmo. Sonríe ante el espejo, se peina, ya no sonríe. Mira los
afiches de la pared, entorna los ojos incómoda ante el forcejeo del patín que
no entra, jala con fuerza, la pierna estirada. Tuerce un poco el pie izquierdo.
Sopla hasta reventar la bomba con ganas de bailar sin dejar de respirar hasta
el amanecer. Hoy cumple 15. Una niña
engreída y rebelde. Ya no la quiero amar porque rebasó sus umbrales.[1]
-
Febo, me cantas, dibujas tan bonito y eres tan
lindo… quisiera tener un novio tan lindo como tú.
-
¿De verdad? ¿Quieres ser mi novia?
-
No.
Persigue a sus amigas,
tropieza raspando sus rodillas y suelta una carcajada. Celeste mantiene el
equilibrio sobre las ruedas de los patines volviendo a caer, elevando esta vez
la mirada, fijándose en ese Volkswagen viejo de gran parrilla, en el hombre que
al volante fuma, detenido a pocos metros, cruzando la calle. Está ahora callado,
componiendo en su mente la primera estrofa de una canción. Tararea con el
cigarro encendido entre los labios. Sonríe tras la barba crecida, perdidos los
cabellos, oprimiendo con firmeza la palanca de cambios. El calor lo exaspera,
levanta una ceja, el sudor ha humedecido los contornos de su camisa, pero no se
da cuenta y fuma por última vez. Sigue mirando al hombre que la mira y ahora discreto
acomoda sus gafas oscuras ante el espejo retrovisor que le transmite una
confianza repentina para luego arrojar el cigarro. Febo baja del auto decidido.
Ya no es sagrada para mí. No sabe amar
pues está enamorada de sus pestañas. Se acerca.
-
¿Señor qué desea?
«Vamos a dibujar un cielo
con las manos», le decía a diario, «también una casa enorme, una familia y
bailar». Las paredes de la habitación estaban plagadas de dibujos traviesos con
ángeles y diablillos. «Ven toca mi corazón». Tantos dibujos todos, muchos ellos.
«No te detengas más ni dejes que me vaya». Los domingos se manchaban las manos
de colores y él la ayudaba a pintar. Cantaba todas sus canciones… todas las
compuso para ella. Llenó su soledad, creando un mundo personal intocable,
limpio. Un mundo que compartían por momentos y jamás logró evocar en soledad, buscando
aquella mirada pícara, intentando recordar ese rostro que otrora bajo el sol de
mayo lo miraba con recelo.
-
Deseo… quisiera saber tu nombre.
Celeste patina veloz algunos
metros hacia el hombre de la barba, su sombra la sigue hasta detenerse junto a
él, ambas ahora unidas bajo sus patines y Febo contempla absorto, temblando sin
miedo. Extiende su mano, acaricia un poquito su barbilla. A sus 30 se siente
seguro.
-
Celeste señor. Celeste Perry.
Celeste
Juma Paredes
Setiembre, 2017
www.facebook.com/inmaduronarrador/
[1] Las expresiones de Febo ante el recuerdo de Celeste, fueron
elaboradas sobre la base de los poemas salvajes de Endor Llaxtamasi
(endor-llaxtamasi.blogspot.pe)
viernes, 15 de septiembre de 2017
I can´t
- You are going to
marry me OK? - her eyes shine so bright, so her.
- Yes, my love, of
course.
That new dress that
now shines in her silhouette, those gloves of light, those jewels stolen from
the first floor in the afternoon, during the nap ... and the high heels to the
rhythm of a melody between us, ours that says "every minute at your side
is great" and I must follow her steps and I step on her and she like
nothing ever happened,
she corrects me "and there is nobody in the worldwide world". Mesmerized I look at her, my
arm on her back with her hand in mine, like curled up, like protected as we
round in a circle "that I love more than being with you," and another
before we get dizzy and fall.
- Why do we fall? -
peeping around the edge of the pool she asks, not to me, to the air.
- To get up love, fail
always, every time better.
Thereby while I raise
her up very high, more and more. Screams in fright, laughs, does not want to
come down. She is thrown out as she covers her nose, closes her eyes tight and
swash, the plunge deep to the bottom and then again and again, and once again.
Today you dive, today you kick, today you laugh hours for me, with me on the
edge of the abyss and in the distance the sea, higher the sun, closer it's
light that pecks here and there, dying the afternoon leaning there, one by your
side, you to mine. And questions, mountains of questions.
- Take me to a roller
coaster - starts quietly, ends very high, concludes, determines.
- Close your eyes
love, don't cheat.
It is a hot morning,
we wait in the queue and you ask for a cotton candy, the trip has been long, so
long until we get off the plane and there is the park that so much longed for.
We ran to get a spot, "me in front", you go in front yes, and I at
the back. "And Mom," and mom is filming love, down there, do you see
her? Don't open your eyes and you see her, "I see her", and the cart
slowly starts to move, slowly slowly goes up a little and you say that you are
not afraid and I am yes as always but you are brave and you demand it to go
faster, "Faster, faster!", And it goes faster love, climbs up up and
finishes climbing and there it goes now very fast it goes forward it runs flies
falls down down and we all shout hands
up open mouths we scream nonstop loops loops many loops the car flies off and
they all look at us as we fly to the bottom over a tree that softly receives
us, that slows us down ... that cheerfully leaves us. "Let’s go
again!"
- Don't go - and a
little finger goes up to wipe a tear that looms discreet, there.
- I'm not leaving
sweetie, tell me where I am.
“You are here”, she lowers her hand together with mine down to her
chest, makes a circle and her finger hangs from my serene gaze, I don't say a
word, I hold my breath between my trembling and pressing lips, “and here”, now raises the finger up to
her forehead, she rings twice, "oh
this hurt me", you laugh again now, with that song to my joy, in that
way that colors my grays, highlights my goods, erases my bads, forgets my
fears, relives my days.
- I want to live with
you.
- Me too my love, me
too.
But I can't and I know
it, you don't. I can't live with you, sleep with you. I can't stay awake due to
your fever. I can’t wish for a longer sleep when you get up at 6 am. I can't
miss a day off. I can't be late at work. I can't run to you when you have
nightmares. I can't serve you breakfast. I can't bathe you. I can't play with
you tired at night, complain because you do not obey, force you to eat, sit
down to do chores, play 24x3. I can't tell you how sorry I am, not to even tell
you everything I feel inside and it only comes out some nights when I can't
hold it together anymore and I break, I crack, I'm parted in 1500 pieces to be
reborn, to be well again. To realize that you are not sleep, fever, free days,
delays, nightmares, breakfasts, baths, fatigue, yes sir, tasks or endless
games. Quite the opposite my love. You are a sporadic tale before bed. You are Guardians of the Galaxy. You are Star Wars. You are The Lord of the Rings my love. You are the goal you kick, the pool
you swim, the musicians you learn at school and I don't. You are Having a good time, TNT, or You are my sunshine
while you sleep. You are The Dark Crystal,
My Neverending Story. You are what I
can sweetie, you are what I am.
- You're never going
to be alone Dad; I am going to be with you.
"I can't"
Juma
Paredes
July 2017
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Design: her |
martes, 5 de septiembre de 2017
No existe
"Tomé un gas inerte que había en el aire, lo convertí
en líquido, agregué ciertas impurezas a un rubí, le adherí un imán y pude
detectar el fuego de la creación."
[Carl Sagan, Contacto]
Los trazos surgen formando
una silueta informe sobre un pedazo de papel arrancado del cuaderno que no usa,
para un curso que detesta, en una carrera que aborrece, de una vida
espectacularmente gris, sin gusto, sin miedo. Y allí impulsa las formas, bajo
un día caluroso que esparce brochazos de luz intensa en sus ojos entrecerrados
que la miran desde lejos, aguardando a una cobarde distancia, casi estirando una
mano que quiere rozarla ahora que ella se acerca, una mano que terca presiona
el lápiz, sobre un papel, sobre un cuaderno, sobre el fierro del balcón de su
facultad, esa que odia. Su sombra en el piso devuelve una imagen en un ángulo
entrecortado, como borroso, como solemne… y ella le gusta, y «¡no ha sido así! ¡no
ha sido así!», dice hoy con frecuencia Oarce, el simple, mientras sujeta con
una mano sus cabellos ondulados, mientras frota con la otra aquella cicatriz en
la frente, fruto de tamaña osadía. Es ahí cuando muere el ser que existe, y
surge el que no, grande, fuerte… todo él: «Mira, mira mi dibujito, ven, ven que
te cuento». Es una voz ronca, que arrastra una ansiedad mal disimulada por
probarla, sentirla a su lado, una voz taciturna, malhadada. Ella voltea los
ojos, sonríe mientras se acerca despacio. Acepta.
El personaje glorioso se ha
dejado largos los cabellos, enredados, brillantes que cubren una barba poblada,
roja-oscura sobre una túnica que parda cubre el frío de sus días, entre una
discreta soga que atada a la vestimenta sujeta una bolsita con polvillos
mágicos, junto a esa daga forjada por el herrero habilidoso aquel, en la
ciudadela central que no visita hace tantos años. Soporta además el peso de una
pechera de plata, le cuelga una capa que ondea lento. La cota de malla se puede
distinguir entre los puntos débiles de la armadura. El escudo cuelga de su
espalda. Sostiene un estandarte con las lanzas cruzadas cubriendo el cuerno de
la vida, símbolo de su casa, lejana entonces, barranquina. Un abrigo de piel
sobre todo cobija al personaje glorioso que ha surgido de entre las manos de
Oarce, allí delante suyo, grandioso ahora él mientras la clase universitaria
llega a su fin, y las formas siguen apareciendo, despacio. Ya no un abrigo,
ahora unas botas de cuero. Las espadas cruzadas en la espalda le brindan un
aspecto cruel, se podría decir que infunde temor en el enemigo, si no fuera por
la fina banda de plata con una estrella al centro adherida a la frente, su
frente.
El personaje glorioso eleva
la vista husmeando el aire que mece sus cabellos. Emite un silbido sostenido.
Es entonces que en lontananza emerge la figura del corcel que despacio trota
hacia él, que sonríe ante la sombra de su amigo. Relinchando ante su rostro
baja la cabeza, un mordisco en su oreja. La fama del personaje es justa, de
inusitada sabiduría, habilidades con la espada y ciertos conocimientos en magia
oscura. Quizá pueda persuadirla de ir con él a su castillo, cobijarla ante los
dioses, brindar juramento y cuando todo llegue al final, fundidos en un abrazo
lunar, acariciar ese recuerdo recurrente. Pero el día agoniza y ahora ella ya
no es ella, ahora es un recuerdo que cobra forma en ella, presencia. Ella que
lo mira curiosa, ella de pie frente al lecho del río donde el personaje solía
sentarse ante la puesta del sol, descansar mientras contemplaba el valle, sus
árboles, flores, pajarillos volando aquí y allá, testigos involuntarios de sus
aventuras.
Ella suspira envuelta en
una dulce fragancia. Viste un traje entero de seda, transparente, cuya abertura
deja ver los hombros salpicados de pellizcos oscuros, sujeto por finos broches
de oro. Los cabellos sueltos, adornados con rubíes-fantasía y una diadema-orquídea.
Avanza entonces con aquel andar sinuoso, mientras el personaje baja discreto la
mirada, dirigiéndola hacia esas piernas contorneadas, bajo un vientre que se le
antoja suave, como la brisa que acaricia su rostro. Ya la sube sibarita,
depositándola sobre los pechos que asoman discretos, y ese cuello delicado que
sostiene un rostro de indescriptible belleza, de labios que agreden, de ojos
verdes que todo lo ven, que todo lo pueden, que todo reciben y nada entregan a
cambio mientras miran, la cabeza gacha, sus pies descalzos.
- Se
llama Edanedhil - le dijo – contempla, oh bella, tamaña grandeza. Acabo de
hacer en clase el dibujito, mira, mira… ¿Cómo te llamas?
“Y tanto me gustas que quiero que lo sepas y aunque sé que
me expongo a la desilusión más grande, si no hay en ti lo que quiero para mí, no
me importa porque con esto me quito un peso de encima, al poder decirte, así
sea con tinta…”
[Anónimo, 1998]
-
…que usted milady
es lo más bello para mis ojos, y el resto de mis sentidos, que mis pensamientos
se vuelcan hacia usted en cada momento del día, haciendo del gris luz[1]
– un tanto nervioso dice Edanedhil.
-
Es usted tan galante, señor…
-
Edanedhil, hijo de Adanedhel, de la casa de Tilión,
para servirla, - respira profundo Edanedhil, exhala – para servir a mis
pensamientos, que ahora como dije, se vuelcan hacia usted. Para servir además al
ritmo de su andar, y los saltos de sus bucles negros, cual noche despejada y
sin luna. Su voz, heri vanya[2],
alegra mis oídos amodorrados, y sus labios reemplazan al sol cuando amanece ya
sin luna, ya sin estrellas, otrora sin usted.
-
Yo a usted lo conozco, de otra vida, de otro
tiempo… no lo sé… confío… y a la vez desconfío… son tiempos de guerra, se
acerca el frío, la hambruna… tengo miedo… ¿partirá usted?
En las colinas se oían resonar
cuernos;
brillaban las espadas cual reflejo
del mar.
Como un viento de verano los
caballos galoparon;
temblaba la tierra.
Ya la guerra arreciaba.
El personaje glorioso
desenvaina su espada, acerca la mirada a sus bordes, la estira cerrando un ojo,
apunta con firmeza, la eleva, lo abre y cierra el otro, la vuelve a estirar,
tensa, tersa. Es dura la batalla que lo espera, los hombres del enemigo son temerarios
y feroces, “no se angustie milady,
que acongoja mi corazón. Haberla visto… haberla visto será mi alma y esperaré
para algún día darle mis días a cambio de una mirada suya, y una caricia de sus
pestañas».
Y allí está Oarce, viendo cómo
ella deja de mirarlo curiosa, y haciendo el gesto de un pequeño, casi
imperceptible repudio, se va, para no volver. Y allá va la dama ahora, y no
importa, y no le importa, pues no la conoció como a ella, a quien realmente
conoció; podrida por dentro, suculenta por fuera, angelical, amable. De manos
suaves, y una dulce existencia que lo cautivó, agobió y destrozó. Mientras la
amaba, aprendió a ser fuerte y sufrir en silencio. Mientras la amaba, la amó y
la destrozó pues la amó, bella como era. Una dama solitaria y triste sedienta
de atención, caprichosa y egoísta, engreída… rebelde. Oarce no la olvida pues
cruzó y rebasó sus umbrales. Está ahora tan sagrada, sabiendo que no sabe amar,
y que vive enamorada de sus mejillas.
“[…] Primero, sin más ni más, miren que gloriosos son esos
personajes, ¿no quisieran ser como ellos? Nada que eso no existe, ¿quién dice
que no existe? ¿Qué quiere decir “no existe”?”
[Anónimo, 1998]
No existe
Juma Paredes
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Tengo quince, le sonrío. No toma la foto. Sí retrata a las parejas de la izquierda, ellos ebrios, ellas con la orquídea en el pecho-muñeca....
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